Decididamente, no. Los cínicos no sirven para este oficio, dice Kapuscinski en el libro con este mismo título editado en el 2000 en Roma, y en 2002 en España. En este breve libro, se presentan tres textos distintos que se desarrollan en lugares diferentes y en los que intervienen varios interlocutores que conversan con el periodista polaco. Críticos literarios, profesores y comunicadores coinciden en que sus obras deberían formar parte de la bibliografía básica y obligatoria de cualquier facultad de comunicación. Sin pretender hacer una reseña, crítica o resumen, comentaré especialmente el primer texto, por considerarlo idóneo como nota introductoria de este viaje que pretende ser vida y destino.
Ryszard Kapuscinski se adentró en el mundo periodístico al acabar la escuela, con tan sólo dieciocho años, en plena posguerra y apogeo de la guerra fría. El desolador panorama de la Polonia destruida despertó en él la necesidad de describir el triste mundo en el que vivía con la intención de cambiarlo. Tras la muerte de Stalin (1953), el régimen comunista permitió algunas concesiones, y gracias a ellas, el joven periodista pudo viajar a la India, Pakistán y Afganistán. Serían sus primeros viajes al extranjero, sus primeras crónicas, una nueva forma de ver la vida y de contarla.
En 1958, con veintiséis años, desembarcó en África como corresponsal de agencia. Aquí aprendió a desenvolverse con medios precarios, a hacer frente a toda clase de vicisitudes, a ser un periodista de raza...mientras el proceso descolonizador tenía lugar. Sus crónicas sobre los golpes de estado, guerras y las complicadas situaciones políticas, son un documento histórico de gran valor. Es justo decir en este momento, que el autor de este libro se licenció en Historia, aunando en su persona dos sensibilidades distintas pero a la vez complementarias. El periodista escribe la historia en su desarrollo, el historiador a posteriori, pero ambos poseen una intuición común, una capacidad de análisis e investigación genuina y trabajan con la misma materia prima, los hechos, que tienen que someter a su interpretación, siendo lo más honestamente posibles.
La experiencia adquirida a lo largo de los años, la bondad natural , y el afán incombustible por querer conocer, explicar y ayudar a los demás, hacen del maestro polaco uno de los máximos exponentes del periodismo contemporáneo. Con gran sencillez dialéctica nos hace partícipes de sus anécdotas, nos acerca a su trabajo, a su vida, nos da consejos, nunca alecciona.
Volviendo al título...en el libro expone aleatoria y sumariamente las características de todo aspirante a periodista. Afirma que un periodista no puede ser cínico, o que una persona cínica no puede pretender ser periodista. Es algo incompatible, inconcebible. "Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos". Nos recomienda que si perseguimos ganar dinero, nos cambiemos de profesión. El periodista de vocación asume la precariedad económica que marcará sus inicios o gran parte de su vida laboral; acepta el sacrificio que supone, pues el periodismo es una forma de vida que nos acompaña las 24 horas del día; se resigna al estrés constante, abandona voluntariamente la comodidad y no deja nunca de luchar por sus objetivos, por el cambio.
Parte fundamental, hace hincapié, es el contacto con "los otros, fuente principal de nuestro conocimiento periodístico". Vemos con sus ojos, nos aportan los detalles, las impresiones, la variedad de discursos, todo un universo de experiencia que asumimos como propia gracias a la capacidad empática que nos caracteriza. Sentimos el dolor del que sufre, comprendemos sus lamentaciones, nos ponemos en su piel, maldecimos la injusticia y sentimos el deseo irrefrenable de buscar una solución. Es conditio sine qua non para, además, ser depositario de la confianza de la gente, que constituyen per se, nuestra herramienta de trabajo. Si nuestra actitud es cínica, desinteresada, autómata, e incluso de cierta prepotencia, "los otros" serán conscientes de ello, se apartarán de nosotros, nos negarán aquello que no nos merecemos, nos revelarán nuestra hipocresía y provocarán involuntariamente el derrumbe forzoso de una vida profesional sustentada en unos pilares sin principios. "Es el que desprecia a la gente sobre la cual escribe".
Parte fundamental, hace hincapié, es el contacto con "los otros, fuente principal de nuestro conocimiento periodístico". Vemos con sus ojos, nos aportan los detalles, las impresiones, la variedad de discursos, todo un universo de experiencia que asumimos como propia gracias a la capacidad empática que nos caracteriza. Sentimos el dolor del que sufre, comprendemos sus lamentaciones, nos ponemos en su piel, maldecimos la injusticia y sentimos el deseo irrefrenable de buscar una solución. Es conditio sine qua non para, además, ser depositario de la confianza de la gente, que constituyen per se, nuestra herramienta de trabajo. Si nuestra actitud es cínica, desinteresada, autómata, e incluso de cierta prepotencia, "los otros" serán conscientes de ello, se apartarán de nosotros, nos negarán aquello que no nos merecemos, nos revelarán nuestra hipocresía y provocarán involuntariamente el derrumbe forzoso de una vida profesional sustentada en unos pilares sin principios. "Es el que desprecia a la gente sobre la cual escribe".
Otras consideraciones interesantes hace sobre ese proyecto de superhombre que debe ser el periodista, entre ellas: la resistencia física y psíquica son indispensables, "tampoco puede ser corresponsal el que tiene miedo de la mosca tse-tse", el que teme vivir en una choza, el que tiembla al pensar que puede ser apaleado o sujeto de robo, "el que no sabe admitir y administrar su propio miedo ni estar solo, el que no es curioso ni lo suficientemente optimista como para pensar que los seres humanos son el centro de la historia..."
- Más sobre Ryszard Kapuscinski:
Crítica y vídeo en:
Entrevista por Ricardo Cayuela, 2002:


